miércoles, enero 18, 2017

Idealista.com


"Sobacos" Reverte desprendía un olor fatalítico. Era acercarse a él y el ambiente olía a demasiada humanidad. Y aunque más de un@ se lo había insinuado, no parecía importarle lo más mínimo. Un día, probablemente un miércoles, que era el día de la semana que me daba por socializar, "Sobacos" Reverte y yo estábamos hablando de zombies. Cuando le pregunté, medio en broma, si los zombies tomarían té, me dijo que en su casa tenía un libro acerca de este tema.

Sin saber cómo, ambos nos dirijiamos a su casa. ¿Cómo debía oler la casa de "Sobacos"? pensaba yo. ¿Será gay? pensaba yo. ¿Cómo lo había hecho para convencerme de ir a su piso a por un libro qué no me interesaba demasiado?. Llegamos a un bloque de apartamentos no demasiado alto pero abarrotado de pisos pequeños, como las tumbas de un cementerio que no están en el suelo, yo siempre detrás de "Sobacos", a una distancia prudencial. Subimos unas escaleras descoloridas y nos paramos en un cuarto piso. "Aquí es", dijo. Al abrir la puerta de su pequeña residencia me quedé boquiabierto. El interior era espectacular. Era un llano luminoso con un césped de color verde plástico asombroso, a lo lejos se divisaba un bosque de fábula y, en dirección contraria, un suave río cuyo caudal emitía un ruido parecido a un mantra.

Yo estaba anonadado. ¿Era posible? Desde fuera, parecía un apartamento gris y feo, pero dentro había vida, había un paisaje natural que parecía pintado, de varios kilómetros. Era físicamente imposible. Tenía mil preguntas que hacer al bueno de "Sobacos". Cuando me giré para interrogarle Reverte me dijo: Toma éste es el libro, ya me lo devolverás. Y me echó amablemente de su casa.

Ya en la calle, lo segundo que me vino a la cabeza era cómo volver a mi hogar.