lunes, marzo 25, 2013

Lo pispo

Bustamante miraba atentamente unas aburridas y sosas piedras con tal pasión que se abstraía de la cercana realidad. Yo le saludaba y, amablemente, me ignoraba. ¿Qué tenían esas estúpidas piedras? Total, que siempre lo dejaba solo y me iba indignado.

Al llegar a casa, me sentaba en el porche y observaba con ahínco y pasión las esplendorosas y apabullantes nubes. Eran mi pasión y mi aliento. Entonces venía Bustamante e intentaba darme conversación. ¿Qué sabía él de mí? ¿Qué sabía él de las pálidas nubes? ¿Es que un hombre no puede tener un momento de intimidad y relajación? ¡Qué inoportuno era! Estaba uno cinco minutos y acababa abandonando su intento de conversación. Cuando me relajase, ya iría a hablar con él.





No hay comentarios: